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Apuntes sobre la institución del Almirantazgo de Castilla, de próxima conmemoración

L a figura del almirante como mando naval aparece en la Baja Edad Media, lo que tiene mucho que ver con la entidad que va adquirir la guerra en el mar desde comienzos del siglo XIII.

En la Corona de Aragón la conquista de Mallorca en 1229 exigió intenso dominio del mar y un amplio desarrollo del arma naval. En aquellos momentos, Jaime I confirió en 1230 el mando de la flotilla real a un almirante de Cataluña y Mallorca, y en lo sucesivo siempre hubo en esta Corona un almirall.

Por lo que se refiere a Castilla, un estado tradicionalmente territorial, olvidado del mar pese a la creciente actividad de algunas villas cántabras, forzosamente tuvo que prestarle atención tan pronto los ejércitos castellanos alcanzaron el litoral murciano y después el sevillano, lo que también sucedió a lo largo del siglo XIII.

Es casi legendario que el primer almirante de Castilla fuese el burgalés Ramón Bonifaz, investido de esta autoridad antes o con motivo de la decisiva participación de las fuerzas navales bajo su mando en la conquista de Sevilla por Fernando III el Santo, sin embargo se atribuye la creación de esta dignidad militar y naval a Alfonso X en la persona de Ruy López de Mendoza, a finales de 1254 y por tanto el verdadero creador de la marina de guerra castellana, tal como se acredita en el libro de “Las Partidas”.

La inquietud marinera y africana de Alfonso X el Sabio se había manifestado ya en el primer año de su reinado con el referido nombramiento de Ruy López de Mendoza como primer almirante de la mar y con la creación oficial de las atarazanas de Sevilla, en las que comienzan a construirse las nuevas y rápidas galeras. Todo ello como una manifestación más de su política militar, consistente en disponer de una potente flota que le permitiera conquistar o construir plazas fuertes en el norte de África y mantener en ellas guarniciones suficientes que impidieran los ataques a las costas castellanas o el auxilio militar a los granadinos. Estrategia que intento mantener a lo largo de su reinado. Por ello no es casualidad que, a mediados del siglo XIII, Las Partidas de Alfonso X den a la guerra naval un tratamiento jurídico propio y diferenciado de la guerra terrestre: “La guerra de la mar es como cosa desamparada, e de mayor peligro que la de tierra, por las grandes desaventuras que pueden venir y acaecer...”

Así, el mencionado texto legal castellano reguló todo lo relativo a la “guerra que se faze por el mar”, a los navíos y a sus mandos, armamentos, tripulaciones y disciplina.

Según se apuntó, en Castilla el almirante se convirtió en un dignatario de la corte, al que el rey confiaba el mando de su flota y la dirección de la guerra en el mar, quedando bajo su autoridad y jurisdicción todos los navíos del monarca, sus capitanes y tripulaciones, los puertos, astilleros y concejos de las villas del litoral obligados a la prestación del servicio militar naval.

De esta forma, el almirante, en cuanto oficio de la administración central del reino, tuvo a su cargo no sólo la organización y el mando de la flota real, sino también todo lo concerniente al comercio marítimo y a su protección armada frente a enemigos, corsarios y piratas, correspondiéndole asimismo cuidar de la represión del contrabando por mar. Para el cumplimiento de su misión, disponía de recursos económicos propios, que le eran cedidos por el rey, como fueron por ejemplo, el “quinto de las presas” o derecho a apropiarse de la quinta parte de las embarcaciones apresadas al enemigo, y el “anclaje” o gabela que los barcos debían pagar por fondear en los puertos.

Desde 1254 hasta 1405, desempeñaron el oficio de Almirante de Castilla, personajes que sobresalieron en hechos de armas y de la administración del reino, tales como García de Villamayor, Alfonso Fernández de Montemolin, Diego Gutierrez de Caballo, Diego García de Toledo, Diego Gómez Cartañeda, Micer Bocanegra, Fernán Sánchez Tovar, Juan Fernández de Tovar, Alvar Pérez de Guzmán, Diego Hurtado de Mendoza, y Alfonso Enríquez , que ostentó tal dignidad desde 1405 hasta 1426.

Sin embargo, es a partir de este último en 1405, durante el reinado de Enrique III, cuando el oficio de almirante de Castilla quedó vinculado hereditariamente al linaje personal de los Enríquez, descendientes del infante don Fadrique, hijo bastardo de Alfonso XI, con lo que terminó por convertirse más en una dignidad honorífica que un oficio efectivo. De esta forma, durante el curso de los siglos XVI y XVII el título del almirante siguió vinculado a esta familia, también Condes de Melgar y señores de Medina de Ríoseco, título este último concedido por Carlos I en 1538.

Sin embargo, a la muerte de Juan Tomás Enríquez (1691-1705), XI titular del Almirantazgo, y partidario activo del archiduque Carlos en la Guerra de Sucesión, Felipe V ya no autorizó la sucesión del título, suprimiéndolo en 1726.

A partir de aquí la figura del Almirante vuelve a ser un oficio y carrera de armas en la mar, sin ligazón a título nobiliario, ya que el propio Felipe V que decreta su desaparición, instituye el cargo de Almirante General dirigiendo la Marina.

Angel Fernández Fernández
- Presidente MNU -

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